En mi caso una de las primeras señales fue a días de parir, mi ansiedad crecía. Recuerdo tener mucha preocupación por el tamaño de mi hijo ya que crecía mucho en las últimas semanas y me sentía con una sensación de no tener salida frente a este temor, también mi preocupación por la internación era grande, nunca había pisado un centro de salud previamente a mi parto. Esta ansiedad no me dejaba dormir así que previo a tener un bebé llorando por las noches yo ya pasaba noches de poco sueño. Y esto era perjudicial para mi salud, esta señal se le pasó por alto al obstetra quien jamás durante mi embarazo se ocupó de mi estado de ánimo, nunca me hizo una sola pregunta durante mis consultas. Tampoco mi marido cuando le comentaba mis miedos, ni mi mamá cuando me decía que desde que el mundo es mundo las mujeres paren.

El momento llegó, todo pasó lento, fueron 11 largas horas hasta que nació Fede, ese momento en la sala de parto no fue nada especial como me lo habían relatado, y cuando apoyaron a mi bebé en mi pecho… algo no estaba bien porque ese enamoramiento inmediato del que tanto me hablaban solo estaba teñido por temblores, frío, agotamiento… pero nada del amor inmediato y del instinto materno del que tanto se habla.

El primer síntoma determinante que algo no estaba bien en mí fue durante la tercera noche de internación, me desperté en la madrugada con palpitaciones en el pecho, con falta de aire y me asusté, llamé a la enfermera  porque pensé que era un problema en el corazón. Me hacen un electro y no había ningún problema. Al otro día le comento a mi obstetra este episodio y me dice “no es nada, fue un ataque de pánico”…

Luego de 5 días de internación, me dieron el alta. Recuerdo como si fuera hoy, cuando llegué a casa me senté en la cama luego de dejar a Fede en su cuna, inmediatamente me atacó una angustia enorme que jamás había sentido. Lloraba desconsoladamente, aún no entendía por qué me invadía esa angustia, no había un disparador concreto. Mi marido me contuvo diciendo que eso era normal, un tema hormonal y en poco tiempo se pasaba, el famoso baby blues; algo que en mi curso de preparto tocaron muy por encima.

Esa misma noche, en mi cama, recuerdo despertarme de golpe por el ruido de gente que pasaba en un coche, con música muy alta y gritando. En ese momento noté que algo no andaba bien, desperté a mi marido y le dije que me estaba volviendo loca. Es difícil poner en palabras lo que pasaba por mi cabeza, era un cóctel de palabras y pensamientos, malos pensamientos que me atormentaban. Sentía que mi cabeza se manejaba sola, no tenía control alguno. Mi marido me tranquilizó pero no me llegaba a consolar; me sentía sola, inmersa en un caos. A diferencia de muchas mamás yo nunca callé lo que sentía, desde el primer momento en que sentí que estaba perdiendo la cordura lo expresé, como podía… no es algo fácil para poner en palabras, pero  la desinformación me jugó una mala pasada. Mi entorno desconocía los síntomas. Podemos deducir entonces que la difusión de los síntomas de los trastornos de salud mental perinatal es de suma importancia. Necesitamos que el entorno de la mujer pueda reconocer estos problemas al igual que el plantel médico, para llegar a tratamiento lo más rápido posible.

Las primeras semanas pasaba mucho tiempo encerrada en mi cuarto, por problemas en la cicatrización del desgarro y las mamas muy doloridas. Este encierro me hacía sentir ahogada y que mi angustia creciera. Esta situación me desesperaba y corrí a la guardia muchas veces para ver si podían ayudarme. Ellos tampoco supieron ver en mi docena de visitas ni en mi desesperación lo que se venía gestando.

En medio de este panorama estaba también la lactancia, otro tema no menor. Nada sucedía de la manera idealizada que tenía en mi cabeza. En vez de ser un acto de amor era una lucha cada vez que intentaba darle la teta a mi hijo. Padecía de mucha sensibilidad en mis mamas desde el embarazo y el dolor cuando ponía a mi hijo al pecho era insoportable. La presión que pueden ejercer sobre una madre las campañas sobre la lactancia materna exclusiva  puede ser grande para la mujer con problemas de salud mental. Tampoco supieron ver esta señal las especialistas en lactancia de una institución muy reconocida cuando me acerqué para que me ayudaran con este tema, hacía meses que no dormía y ellas sólo se limitaron a indicarme que debía darle el pecho cada hora. No notaron mi angustia ni mi desesperación?

Entonces llegó a mi vida el único ser humano que empezó a mirarme y darse cuenta de lo que podría estar pasando, el pediatra de mi hijo. A cada consulta que iba, él no solo revisaba a mi hijo sino que me observaba y me preguntaba cómo estaba.

El pediatra, con el tema del amamantamiento, siempre intercambiaba ideas con mi marido tratando de hacerle entender que él prefería una mamadera bien dada y no una lucha teta – bebé que no llevaba a nada, que solo nos servía para alejarnos más.
Entonces con el apoyo de mi pediatra dejé de amantar al mes y medio de vida de Fede. Si bien fue un alivio, lo viví como una gran frustración y un fracaso enorme como madre.

En casa nadie entendía bien qué me pasaba y rodeada de familiares que no creían en los tratamientos psicológicos (increíble, como si fuera cuestión de fe) finalmente ante mi llanto y angustia reiterada  decidieron llevarme a una consulta con un profesional. El primer tratamiento de psicoterapia  que tuve fue en un instituto estatal de capital. Recuerdo algo de esa primera consulta y recuerdo salir peor de lo que entré, este psiquiatra intentaba de alguna manera hacerme creer que si me  había confundido en mi decisión matrimonial debería divorciarme… la verdad que  yo no tenía problemas con mi marido yo tenía problemas con todos, todo y con mi propia existencia como para estar en capacidad de  evaluar si mi marido era o no el problema… Hoy doy apoyo de pares a otras mujeres y lo primero que les digo es que no están en el mejor momento para sacar conclusiones y tomar decisiones determinantes sobre ningún aspecto de sus vidas. Porque cada pensamiento por más pequeño que sea está teñido de negatividad y probablemente la realidad de las cosas se vea distorsionada por nuestro estado.

Yo seguía muy negativa, irritable y muy angustiada. Si bien no podía involucrarme con mi hijo y prefería estar lejos de él tampoco me hacía sentir bien que otros se encargaran de él, me sentía muy inútil. El tratamiento llevaba un tiempo y aún no sentía ningún efecto, entonces comencé a poner esperanzas en volver a trabajar, faltaba poco para terminar mi licencia y tenía que regresar. Estaba tras el rastro de algo que me hiciera sentir un poco la persona que había sido antes de este caos.

Los días pasaban, nadie en casa entendía lo que me ocurría, la angustia y la desesperación crecían, me sentía absolutamente  sola e incomprendida. La ansiedad me jugaba en contra, me encontraba parada frente al placar imposibilitada de hacer cosas tan simples como seleccionar la ropa para ponerme. Caminaba por la casa dando vueltas sin saber qué hacer y con la sensación que tenía que hacer de todo pero me quedaba helada sin poder hacer nada. Me sentía ahogada en mi casa y salía a la calle a caminar mientras lloraba sin ningún rumbo fijo.

El pediatra  en cada consulta seguía observándome y preguntándome sobre mi estado de ánimo. Al ver que el tratamiento no estaba generando ningún cambio, le sugirió a mi marido que me llevara a una psiquiatra especialista en depresión postparto. Entonces dejé el antiguo tratamiento y fui a la primera visita con la psiquiatra. La pregunta del rigor llegó, ella me preguntó si tenía pensamientos de quitarme la vida y por supuesto respondí que no aunque veía la posibilidad de quitarme la vida a cada instante, en la bañera poniendo los dedos en el enchufe, prendiendo el gas del horno, cortándome las venas o simplemente tomando las pastillas con alcohol. Mis miedos a  ser evaluada como incompetente para cuidar a mi hijo me llevaron a no responder con la verdad, el nivel de ansiedad y desesperanza que tenía no me dejaron ver a este nuevo tratamiento como una oportunidad sino como una carga al tener que comenzar nuevamente de 0 . Salí sin esperanzas de cambio.

En este contexto vuelvo al trabajo, pero fue para peor, no podía hacer nada, no tenía memoria, no recordaba nada, no tenía concentración y tampoco soportaba los comentarios por lo bajo. Este fue  mi fracaso más rotundo, había puesto todas mis esperanzas en encontrarme,  el trabajo era el centro de mi vida antes de parir, pero ahora no podía encajar en este ámbito laboral ni tampoco en casa… entonces.. qué era? Qué hacía de mi vida? No era profesional ni madre. Me sentía atrapada, comencé a tener fuertes ideaciones suicidas, ya no tenía una mínima esperanza de salir de esta pesadilla diaria.. Un día no soporté más no ser parte de la vida de mi hijo y sentirme un estorbo, tomé unas cuantas pastillas para dormir  con la esperanza de no despertarme más. Me desperté en la guardia de un hospital, hablé con la psiquiatra quien me informó que me iban a cambiar la medicación y que quería internarme, pero mi mamá ofreció su casa para mi recuperación.

Habré estado 3 meses en su casa. Mi mamá  cuidaba de mí, mientras yo intentaba cuidar de Fede. Ella me ayudaba con Fede e intentaba que me involucrara con él, también tenía una acompañante terapéutica que me sacaba a pasear.

Por fin siguiendo el tratamiento nuevo y adecuado, la medicación hizo efecto, los pensamientos se aquietaron y pude comenzar a ir a terapia con la mente  más despejada.  La recuperación no fue inmediata, tenía días buenos y malos, pasé de dormir vestida porque todo me daba igual a comenzar a conectarme con mi hijo. Recuerdo la primera vez que pude ver a los ojos de mi hijo y pensé  “que lindo es” en ese mismo instante me di cuenta que se me habían escapado unos cuantos meses  de las manos y Fede había crecido mucho mientras su mama´ luchaba por su salud mental.

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